martes, 31 de julio de 2007

Un muchacho como yo

CLIMA DE EPOCA: ROLANDO RIVAS, TAXISTA

Hace 35 años comenzó la telenovela que marcaría el género. Soledad Silveyra y Claudio García Satur, con libreto de Alberto Migré, convirtieron en escenario romántico un barrio de Buenos Aires. El adolescente se quedó extrañado frente al televisor: de allí salía, en farragoso blanco y negro, un billar. Era 1972. Y un país incierto que orillaba la tragedia y la pantalla, hasta entonces, era propiedad de sucesos ajenos: la gomina de Fontana, aventuras extrañas de un Far West con grandes chaparrales, la dicción de Pinky que no solía escucharse muy a menudo en el barrio, el personal cortito de Karadagián, los deslices de cintura de la Lechuguita Faiad y los partidos de los viernes a las 20.50 que, si no se había nacido en Buenos Aires, se jugaban en estadios más épicos que reales.
No era cercana o familiar la pantalla y de pronto aparecían, allí, un bar como el de la esquina y Rolando Rivas, que además trabaja de taxista, jugando al billar con los amigos. "Antes de salir el programa al aire, le pedí por favor a Alberto Migré que el personaje naciera en mi barrio. Y así lo ubicó, en la calle de mi infancia, Colombres, en Boedo, con el patio y los geranios. Y todo fue más fácil", recordó Claudio García Satur, que supo entender el golpe de efecto de un producto que ahora, treinta y cinco años después, otra vez en medio de un país sin rumbo, da tela para mirar hacia atrás. "Es que era otro tiempo", dice Alberto Migré al diario Clarín. "La televisión -recuerda el autor- se miraba y se escuchaba, no era un telón de fondo. Un solo aparato para toda la familia y sin control remoto. Ideal para embocar una historia y detener el país con ella. Eso pasaba con Rolando Rivas, taxista". La ciudad como gran escenario y hasta la audacia de personajes reconocibles -el taxista tenía un hermano posiblemente muerto en la clandestinidad política- pero, claro, se trataba de una telenovela. Y la condición obvia, la historia del muchacho humilde enamorándose de la chica rica y doble apellido -Mónica Helguera Paz-, conformaba la trama indeleble y clásica. Una joven maltratada, además, como debía ser en la historia del folletín por una madrastra sin compasión: la Odile de Dorys del Valle.
"Ese ciclo -reconoce ante Clarín Soledad Silveyra, la Mónica de Migré- para mí es la memoria de la gente y, en lo personal, el lugar donde me decidí a ser una actriz popular...". Es que, para ella, apunta, Rolando Rivas, taxista fue un acto de contricción. "Mi marido iba a la Universidad y yo -dice- pretendía hacer Chejov en teatro, le tenía pudor a la telenovela, un género que entonces menospreciaba. Bueno, fue un aprendizaje también", dice Silveyra. El ciclo iba en Canal 13 en un horario que aún hoy resulta emblemático en la televisión: martes, 22 horas. "Era tan otro tiempo que Goar Mestre, el dueño de la emisora, nos tuvo paciencia", dice Migré. Es que los primeros capítulos desenfocaron al público, estuvieron cerca de convertir el programa en un fracaso. A los dos o tres meses, lograron quince puntos y la resistencia. "Y después, durante dos años, no bajamos de cuarenta. Es más, los cincuenta puntos de rating eran una medida posible", apunta el autor. Sucedían disturbios en torno a eso. En la telenovela, Rolando leía -en medio de una conmoción exagerada- a Antoine de Saint Exupery y El Principito se agotaba en las librerías. Citaba un texto de Mario Benedetti y lo convertía en poeta popular. El justo medio, por otra parte. Nada de escritores difíciles, ni André Malraux ni Saint John Perse, aunque Benedetti y Exupery, por otro lado, serían autores censurados unos años más tarde, cuando irrumpió la Dictadura.
Telenovela al fin, el taxista era un galán que, melancólico y todo, era un "winner" barrial: lo apetecían la chica rica y también la compañera de laburo -una Beba Bidart en su salsa-, una cuñada inquietante -Leonor Benedetto parecía entonces susurrar de verdad- y algunas otras mujeres. Y cuando, tras el primer ciclo, Soledad Silveyra no renovó contrato -eligió su propia apuesta con Pobre diabla en pareja con Arnaldo André- no costó nada enredar al taxista con una mujer, Nora Cárpena, que también venía de penar por un marido militante y, vaya otra audacia más, tenía un hijo. "La incorporación de Marcelo Marcote como Quique fue un acierto del segundo año. Y también un tono si se quiere más realista que se le imprimió a la historia, con un amor posible que empezó, de todas formas, con un recurso dramático conocido: se tenían un odio muy grande". Clásico televisivo de los setenta, todos los que forjaron el ciclo quedaron signados por el peso de su repercusión. "Me marcó y estoy agradecido. Aunque mucha gente crea que fue lo único que hice en mi vida", se lamenta Migré. "Cuando diez años después la gente me gritaba, por la calle, tachero o me decían, cuando me saludaban, una dirección -Quintana y Callao, por ejemplo- no lo podía creer", reconoció Satur. La telenovela, por último, generaba adeptos por otro fenómeno en vías de extinción: el culto a un oficio, cierto orgullo por ejercer un trabajo con hidalguía. Era, Rolando Rivas, un taxista que hacía gala de conocer, palmo a palmo, una ciudad que aún no se había desbordado en más de un sentido.