jueves, 11 de octubre de 2007

Disc Jockeys... ¿eran los de antes?

Entrevista con el disc jockey Alejandro Pont Lezica

En los ’70 y ’80 fue el emblema de una actividad que últimamente cambió mucho. Lejos del glamour que rodea hoy a los dj’s, sigue llevando sus vinilos a las fiestas donde pasa música. El periodista Roque Casciero lo recuerda en esta nota para sacarnos las dudas. Y de una vez por todas. Disc Jockeys... ¿eran los de antes? Cuando los DJ no eran estrellas globales con más horas arriba de los aviones que los Rolling Stones o U2, cuando para poner música en un boliche había que afiliarse al sindicato de gastronómicos y marcar tarjeta, cuando los discos de artistas nuevos se editaban hasta con cinco años de retraso (si es que se editaban, claro) y la información musical (y hasta las traducciones de las canciones) era prácticamente nula, en esa época, Alejandro Pont Lezica decidió que quería ser disc jockey.
Era 1971, tenía 14 años y conversando con un amigo se dio cuenta de que ése era el mejor método para no tener que esperar que los invitaran a las fiestas. Pero enseguida el chiste se convirtió en vocación y es por eso que, treinta y cinco años más tarde, su nombre es sinónimo de música aunque no toque instrumentos más que en privado y ni siquiera cante en la ducha. Hay, sin embargo, muchos discos que llevan su nombre, como los de “enganchados” que armaba en los ’70, o la Alejandro Pont Lezica Collection, diez CD compilados con criterios temáticos y un inevitable sabor a nostalgia, que va del pop a la bossa nova. Entre aquel adolescente que debutó con las bandejas en la fiesta de unas compañeras de colegio hasta el hombre de negocios del presente hay una trayectoria de 35 años en la que Pont Lezica se atrevió a armar festivales de rock en plena dictadura, concibió primero programas de radio y más tarde emisoras completas (FM Feeling, FM Horizonte), “inventó” la modalidad de los discos que se venden con revistas y diarios y puso música en todas partes. Hasta en el castillo del Conde Drácula.
El primer recuerdo de Pont Lezica relacionado con la música tiene que ver con sus cuatro años y con estar tirado en un sofá frente al combinado de su padre. Ahí sonaban Domenico Modugno, Lucho Gatica, Ray Charles, Artie Shaw, Jimmy Dorsey, los boleros de Tito Rodríguez... “Después, a los 7 u 8 años, íbamos al campo de mi abuelo en Córdoba y escuchaba temas de folklore en los fogones, porque un tío tocaba la guitarra. En el tocadiscos Winco que había en Córdoba aparecían los discos simples y recuerdo muy claramente dos: "La balsa", de Los Gatos, y "Balada para un loco", cantado por Amelita (Baltar). Además, mi viejo era muy tanguero y con él conocí a Aníbal Troilo, al Polaco Goyeneche, a Astor Piazzolla... Y después, otra cosa que para mí fue muy importante, fue que a través de un amigo de un amigo, que tenía familia en Polonia y traía discos europeos, conocí a los Rolling Stones, Creedence, Johnny Rivers y los Animals mucho tiempo antes de que sonaran acá.” “Esa es como mi prehistoria musical, independientemente de lo que después se despertó como una vocación”, asegura. Pont Lezica también tiene memoria precisa del primer disco que compró: "Misión imposible", de Lalo Schiffrin. “Tendría 12 años y lo compré con mi plata, porque había hecho algún laburito”, dice. Con su vocación de disc jockey ya definida, gastaba su sueldo de cadete en discos. Y aumentaba su arsenal con los simples que tomaba prestados de su casa. “En esa época, comprarte los simples de éxito era casi parte de la canasta básica”, asegura. Mientras su nombre comenzaba a hacerse conocido en fiestas de colegios y clubes, consiguió su primer trabajo fijo en Lisandro, una discoteca para menores, que alternaba con los veranos en la costa atlántica. “Cuando me llamó para trabajar Miguel Vázquez, director musical de Mau Mau, tuve que pedirle permiso a mis padres”, dice con una sonrisa. “Ahí aprendí un montón, porque la gente que iba me doblaba en edad, así que tuve que conocer música brasileña, italiana, española... En nuestra época, el disc jockey no sólo era responsable de mantener la pista funcionando durante toda la noche, sino que era el difusor de los artistas. Era el que sabía lo que pasaba en otros lugares del mundo. La mayoría de los disc jockeys trabajan en un lugar medio cerrado y la cabina es como su iglesia. Nunca trabajé así, mi cabina siempre tuvo la puerta abierta y me gusta que se acerque la gente.” En el ’81, Pont Lezica montó el festival Prima Rock en Ezeiza, donde Virus se enfrentó al gran público por primera vez. “Si eso hubiera pasado un año después, yo estaría en todos los libros. Recuerdo que en ese año ponía "Pensar en nada" (León Gieco) como tema bailable y venían a p..., pero era lo que me correspondía hacer”, afirma. También tiene muy presente el momento en el que le pusieron una pistola en la espalda por hacer sonar “No llores por mí, Argentina”, de Serú Girán. Aunque en los ’80 no era frecuente que un disc jockey viajara por el mundo, Pont Lezica trabajó en Alemania, Italia, Rusia y Ucrania, además de conocer toda la Argentina. Y ya le había tomado el gustito a hacer radio, en la que debutó con "Una pila de vida", lo que más tarde lo llevaría a crear el concepto para varias emisoras de FM. También fue residente durante ocho temporadas en Las Leñas y se encargó de la musicalización del canal Telefé. "Nunca dejé de pasar música", asegura.
De sus sucesores, le gustan Javier Zucker, Hernán Cattaneo, Ezequiel Dero, DJ Paul. "Hay muchos y muy buenos. Hoy la gente va a escuchar al DJ y creo que es como ir a un show. Además, los jóvenes quieren bailar música de los '70 y '80. Es un regreso a la canción más tradicional".